El Hombre de Lindow fue encontrado en un pantano cerca de Manchester.
Este cuerpo bien conservado de aproximadamente 2.200 años de antigüedad es curioso por el método de ejecución empleado en él.
Se presume que fue un sacrificio humano: fue aporreado a garrotazos, después su garganta fue cortada y fue lanzado en una piscina de agua.
La complejidad del ritual hace pensar a algunos arqueólogos que él fue un miembro de la sociedad céltica tal vez un druida.
En un estómago fue encontrado un pedazo de torta quemada, la tradicional última comida de las víctimas de sacrificios celtas.
La ausencia de cicatrices (exceptuando las del ritual) hace pensar que era un noble, en vez de un guerrero.
Todas estas y otras historias se guardaban en la memoria de esta civilización gracias a la labor de los druidas.
Estos individuos, tan mal conocidos -sobre todo porque ellos mismos quisieron ser mal conocidos al negarse a consignar por escrito todo el conocimiento en su poder-, no eran vulgares hechiceros especialistas en filtros de amor y en venenos.
La falta de información y el desprecio hacia todo lo que no fuera de origen mediterráneo provocó que muchos rituales druídicos fueran malinterpretados por sus contemporáneos y por los nuestros.
La costumbre de cortar la cabeza del adversario e instalarla en una pica frente a la casa o la fortaleza, por ejemplo.
El cráneo de un enemigo especial era pelado por completo, limpiado, embalsamado con aceite de cedro y a veces engarzado en oro pare servir como recipiente ritual.
El romano Tito Livio asegura que la calavera del cónsul Postumio, derrotado por los galos, sirvió de esta forma como vaso mágico para ceremonias religiosas.
Vista desde fuera, esta costumbre se nos antoja salvaje y macabra, pero tiene su explicación.
La cabeza cortada entre los celtas se puede interpretar como símbolo del sacrificio que supone la muerte de su poseedor -el sacrificio es un honor, es la comunión humana con la divinidad, por excelencia; el sacrificado lo es por voluntad propia pare integrarse en la esencia divina de forma rápida y segura y pare ayudar así desde el más allá a su pueblo- y como consagración de la parte más importante del cuerpo de un hombre.
En la cabeza o a través de ella se manifestaba el espíritu y por tanto era un órgano privilegiado, misterioso y digno de ser conservado en las mejores condiciones posibles.
Y si había pertenecido a un gran jefe, mejor, pues aquellos que ocupaban los puestos más relevantes eran los preferidos de las divinidades.
Muchas aventuras célticas nos hablan del valor de una cabeza.
En la tradición galesa, por no recurrir de nuevo a la del famoso Bran, no deja de ser llamativo que el Grial no sea una copa o un caldero, sino una cabeza ensangrentada sobre una bandeja.
Antes de juzgar cualquier ritual céltico debemos plantearnos, entonces qué se oculta debajo de lo que vemos.
Es evidente que el druida se veía obligado a mostrar su sabiduría a sus propias gentes a través de todo tipo de metáforas y simbolismos porque, si no, serían incapaces de comprender lo que quería decirles.
Y es que su dignidad era el pináculo de una larga carrera, con una jerarquía y una gradación estrictas, al que no se accedía antes de unos veinte años de estudios de todo tipo.
A la cabeza de esta Jerarquía parece ser que se encontraba un archidruida cuyo cargo era elegido entre los de mayor edad y sabiduría.
Cualquier persona podía solicitar ser instruido en un colegio druídico, pero sólo los que superaban determinadas pruebas eran admitidos y tampoco tenían nada asegurado a partir de ese momento, pues se requería unas condiciones excepcionales para culminar los estudios.
No es para menos si pensamos en su responsabilidad individual y colectiva.
Ellos eran la columna vertebral de la sociedad celta, ejerciendo como legisladores, historiadores, médicos, jueces, bardos..., y sobre todo como puentes hacia el Otro Mundo.
La cultura céltica era de carácter bicéfalo: el rey mandaba a los demás, pero no tomaba ninguna decisión importante sin la aprobación del druida.
Ambos debían ser los más preparados entre los suyos.
Si al druida se le exigía un cultivo personal muy por encima del de sus contemporáneos, el rey estaba obligado a ser un hombre -o una mujer- "completo" en su interior y en su exterior pare liderar de forma digna a los suyos: cualquier tara física o espiritual le despojaba de su corona.
De esta forma el druida puede realizar a través del rey los planes de las divinidades para su tribu.
Un mundo tan pendiente de lo mágico y lo metafísico no podía actuar de otra manera.
A partir del siglo XVI vieron la luz diversas corrientes de pensamiento religioso que intentaron restaurar las antiguas creencias y ritos druídicos y oponerlos a la ortodoxia cristiana dominante.
Este tipo de sectas neodruídicas tienen un fondo ideológico apegado a la magia natural y al culto panteísta a la naturaleza, y cuenta con comunidades como la Druid Order 'Orden Druida', fundada en 1717, que se ha mantenido viva hasta la actualidad.
Otros nombres de este tipo de sectas son los de Antiguo Orden de los Druidas, Confraternidad Filosófica de los Druidas, Orden Druida, Fraternidad de los Druidas, Bardos y Vates o Iglesia Céltica Renovada.
En la actualidad, este tipo de movimientos religiosos se hallan en pleno proceso de expansión, debido a la decepción de muchas personas ante las religiones tradicionales, a la tendencia al retorno a formas de pensamiento y de mística naturalista, y al renovado auge del celtismo y de su estética musical y cultural.